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uánto tiempo anhelé este momento. Me lo imaginé miles de veces. Es media tarde, y la casa está silenciosa y tranquila. Tanto, que oigo que el corazón me late apresuradamente. ¿Lo oyes tú también? Por fin estamos solos. Ahora es mi oportunidad de decirte lo mucho que te quiero.
     Te miro a los ojos. Son como un mar infinito, con mucho que descubrir, mucho que conocer, muy por encima de nuestros sueños.
     El corazón me palpita tan rápido que pierdo el aliento. Después de todos estos años, mi amor por ti es aún más intenso que nunca. Estar junto a ti es lo que más valoro. Me da escalofríos, me infunde calor y me pone la carne de gallina; todo a la vez.
     Recuerdo el día en que nos conocimos. A pesar de mis pocos años, respetaste mis sueños y me prometiste que siempre velarías por mí.
     A veces me pediste que hiciera algunos sacrificios, pero nunca fueron excesivos. No recuerdo nada que fuera demasiado difícil o arduo. Siempre estuviste a mi lado, apoyándome, animándome y elogiándome. Sé que valgo mucho para ti. Haces que me sienta muy apreciada.
     Recuerdo cuando te conté que soñaba con tener hijos. Sabías lo importante que era para mí. Prestaste atención hasta al más mínimo detalle. Me escuchaste durante horas. Me diste todo tu apoyo y me dijiste que también querías tenerlos.
     Luego, mientras nuestros hijos crecían, en los inevitables momentos de malentendidos y sufrimientos, siempre me ayudaste con paciencia a aguantar hasta que se resolvieran.
Siempre sabías lo que era más conveniente, pero jamás te resentiste si optaba por hacer algo a mi manera. Ni una sola vez dijiste: «¡¿Viste?! ¡¡Te lo dije!!»
     ¿Y te acuerdas de cuando estuve muy enferma? No quería comer ni hablar, ni siquiera contigo, pero te quedaste a mi lado, abrazándome y dirigiéndome palabras de ánimo y de cariño hasta que recuperé las fuerzas y volví a darte un lugar en mi vida.
     ¿Recuerdas aquellas largas caminatas en invierno? Conversamos y nunca me soltabas la mano. Mostrabas mucha comprensión hacia los cambios por los que pasaba. Me aseguraste que eso solo te motivaba a quererme más, y que juntos seríamos más felices que nunca.
     Después de todos estos años me pregunto si habrás sido tan feliz conmigo como yo lo he sido contigo. ¿Sería posible siquiera? He procurado entregarme de lleno, pero tú siempre te entregas mucho más; ha sido así desde el mismo comienzo.
     Hoy celebramos nuestras bodas de plata. Mi cabello también tiene algunas hebras de plata. Pero me miras de la misma manera que en el día en que nos conocimos. Aunque en tus ojos veo la misma expectación, veo también un amor más grande que antes. Y esa mirada compensa todos los malos momentos que
 
 
Victoria Olivetta
atravesamos. Estoy muy contenta de haber vivido contigo tanto tiempo.
     Con este precioso anillo de plata quiero señalar este día en que renovamos nuestros votos. ¡Claro que sí! Seré tuya para siempre. Después de todos estos años, estoy más segura que nunca de que nadie podría amarme tanto como tú, y jamás podría querer a nadie tanto como te quiero a ti.
 
     El anillo me queda a la medida. Es perfecto, como tu amor. Lo contemplo, pienso en lo que representa y quedo extasiada. Algún día celebraremos también nuestras bodas de oro.
No te compré nada. Pero me has dicho que no importa, que todo lo que quieres es disfrutar de esta tarde conmigo. Y también eso es todo lo que quiero: ¡a ti!     
   
 
     Esa noche, ya en la cama, abracé a mi esposo y le dije: «Cariño, ¿sabes que día es? Hoy es mi aniversario con Jesús, nuestras bodas de plata. ¡Imagínate! Hace 25 años del día en que le dije que sí. 25 años de estar juntos, y seguimos sumando más. ¿Verdad que es maravilloso?    
 
Reflexiones © La Familia Internacional 2007
Victoria Olivetta es misionera de La Familia Internacional en Argentina.
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