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Como recién nacidos

Bonita Hele

     «Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación» (1 Pedro 2:2). Ese fue el primer versículo de la Biblia que recuerdo haber memorizado. Tenía poco más de tres años y acababa de nacer un hermanito. Mi madre aprovechó la oportunidad para enseñarnos a los niños mayores una verdad fundamental: que necesitábamos la Palabra de Dios para crecer espiritual-

  mente, tanto como nuestro hermanito recién nacido necesitaba la leche materna para su crecimiento físico. Recuerdo con claridad que me gustó ese versículo, pero como tenía tres años no me llegó a calar la profundidad de la enseñanza.
     Crecimos, mi madre no solo nos ayudó a aprendernos más pasajes de la Palabra de Dios y nos dio clases de la Biblia cada mañana, sino que vivía conforme a su fe y ponía en práctica cuanto nos enseñaba. Muchos de mis primeros recuerdos son de explicaciones que nos daba de algún principio espiritual relacionado con nuestras experiencias de cada día.
     También recuerdo bien que a primera hora cada mañana se sentaba en su mecedora y leía la Biblia u otro libro de espiritualidad. A veces, alguno de nosotros le preguntaba por qué tenía que leer cada día la Palabra de Dios cuando podíamos hacer algo más emocionante, y siempre respondía más o menos lo mismo: «Aunque ahora no lo entiendan, cuando crezcan verán que no pueden vivir sin la Palabra de Dios. Si cada mañana no dedico un tiempo al Señor, me cuesta llegar al final del día.» Desde luego, no entendía bien lo que me decía. Me parecía que había cosas más interesantes y emocionantes. Sin embargo, cada mañana sin falta mamá nos ayudaba a aprendernos pasajes de la Biblia y nos leía historias para niños, relatos que nos motivaban a acercarnos al Señor. A medida que crecíamos, nos animaba a leer y estudiar la Biblia por nuestra cuenta.
     Con el tiempo me fui de la casa de mis padres. Actualmente soy casada y con hijos. Nuestra hijita Jessica yatiene cuatro meses, y le encanta mamar; tanto, que todos comentan que está preciosa con sus mejillas regordetas. La semana pasada empezaron a salirle los dientes, y lo pasó mal. Babeaba, se quejaba y lloraba. Lo único que le daba alivio era mamar. Anoche mientras la amamantaba, volví a recordar aquel versículo: «Desead como niños recién nacidos la leche espiritual no adulterada para que por ella crezcáis para salvación». La leche es el alimento de mi hija; fue lo que la sustentó para vivir y crecer. Es más, fue su consuelo cuando ninguna otra cosa la tranquilizaba.
     Después de irme de la casa de mis padres he llegado a entender lo importante que es la Palabra de Dios para mi vida. Me ha dado respuestas, cuando no tenía sino interrogantes. Me ha dado fuerzas cuando he estado débil y cansada de espíritu. Me ha indicado el camino a seguir. Y en épocas difíciles me ha consolado más que un amigo, porque en la Palabra de Dios se manifiesta el amor eterno e inagotable de Jesús.
     La próxima vez que visite a mi madre le daré las gracias por inculcarme esa profunda verdad y le diré lo que ahora entiendo: que la Palabra de Dios es ni más ni menos lo que nos mantiene vivos y en crecimiento espiritual. Nos alimenta el alma y proporciona seguridad y consuelo; también nos
  ayuda a crecer en la fe y en el conocimiento del gran amor de Dios, como el amor de los padres por sus hijos, un amor infaltable que no pierde intensidad. Tengo a Jesús, a mi madre, y ahora también a mi hijita para agradecerles que me hayan ayudado a entender esa enseñanza.
     Ahora mi esperanza es inculcar a Jessica el mismo amor por Dios y dependencia de Él y de Su Palabra que mi madre me transmitió. Jessica también algún día crecerá y se irá. Cuando eso ocurra, quiero que sepa que la Palabra de Dios
    siempre la apoyará cuando más le haga falta.
 
Reflexiones © La Familia Internacional 2007
Bonita Hele es misionera de La Familia Internacional y vive en la India.
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